Textos (español, portugues)

“Intentando lo Imposible”

La vida no tiene sentido. Por eso existe el arte. Estamos condenados a insistir, a querer permanecer, a perdurar, pero lo nuestro es irnos. Lo sabemos desde pequeños: en el futuro habrá un día en el que ya no estaremos. Aunque no tiene sentido, la vida es una explosión de intensidad. Esa intensidad surge de la conciencia del fin: la muerte es la que nos permite que cada día valga la pena. Esto que somos, esto que hacemos, no se repetirá jamás. Los artistas nos enfrentan a la belleza de la vida, a su poder descarnado. Pero no todos los artistas saben disfrutar de esa alegría que nos arrebata; no todos los artistas saben del placer del instante. Uno de esos pocos artistas que conoce el poder de lo efímero es Leo Battistelli, el que es capaz de petrificar lo que fluye.

Hace dos décadas que Battistelli viene intentando lo imposible. Cada obra es un nuevo desafío. Parte de la belleza en estado de incandescencia y va más allá. Para Battistelli la belleza no es una armonía visual ni formal, sino una forma de energía, una intensidad tan sutil como poderosa, que transforma las cosas, las relaciones, las situaciones. Sus obras son, además, talismanes; es decir,   objetos apotropaicos: alejan el mal. Los talismanes nos defienden porque tienen el poder de distanciarnos del horror. Lo alejan (en griego, apotrepein significa literalmente “alejarse”). El mal no puede ser destruido: es lo que está siempre allí, acechando. Pero sí podemos alejarlo, tomarnos un respiro. Reír y cantar. Disfrutar de la vida hasta que llegue el fin: lo que no se alejará más. Battistelli trabaja en esa frecuencia: la intensidad en estado sublime.

En Dádiva todo tiende a esa belleza que, a la vez, emociona y cura. Cada una de las obras es una puesta en escena ritual y también una celebración pagana. Hay magia y disfrute. Hay goce y recogimiento. Battistelli viene experimentando con la cerámica desde hace muchos años. Pasó de su pequeño taller hogareño a trabajar en gran escala con la fábrica Verbano, en la provincia de Santa Fe (Argentina), y luego con la empresa Cerâmica Luiz Salvador, en Río de Janeiro (Brasil). La apuesta a la cerámica implica un proceso y un riesgo. El proceso es alquímico: se trata de mezclar agua y tierra y con esa arcilla moldear un objeto, que surge de lo informe. Ese objeto (aún endeble, impreciso) pasa luego al horno. En el proceso de horneado hay una alta dosis de imprevisibilidad: nunca se sabe de antemano -menos aun cuando las obras son grandes y muy complejas- si la pieza soñada se parecerá realmente a la pieza lograda.

Battistelli comenzó hablando de la memoria. Recogió el legado de sus antepasados y presentó azulejos y fotografías que documentaban ese proceso. Luego fue interesándose por el agua, en tanto elemento esencial, pero sobre todo porque fluye: el agua es lo que pasa. Puede arrastrar, destruir, arrasar, pero también vivifica, nutre, contiene, acaricia. Soñó una casa en el agua y petrificó el fluir en cerámica. El paso siguiente, vacilante y audaz al mismo tiempo, fue apostar a lo alquímico: su obra comenzó a dialogar con los grandes maestros del saber oculto. La magia y lo arcano formaron parte de su lenguaje, que fue, sin embargo, cada vez más claro y sutil.

En Dádiva da un paso más: se interna con más pasión que investigación en el mundo de las religiones africanas del Brasil, en especial el camdomblé. Su obra no es una traducción estética de las creencias y rituales sino que encuentra en ellas una inspiración. O mejor: su energía. Porque Dádiva es la muestra de la energía positiva en estado puro. Cada obra es un talismán: el objeto que alejo el mal, que nos protege del daño.

No importa si uno sabe o no del intrincado mundo del candomblé, de sus dioses alegres, de sus adivinaciones y sus promesas. Lo importante en Dádiva es que cada obra, al mismo tiempo que dialoga con los señores y señoras del terreiro, que habla de un mundo espiritual que convive con nuestro mundo material, convoca una potencia que nos deslumbra. No hay secretos en las bellísimas obras de Battistelli: muestran todo; se exhiben sin pudor; pero nunca logramos saber todo lo que son capaces de manifestar. Es como si ellas tuvieran siempre algo más para decir.

En cierto sentido, la experiencia estética que provoca la producción de Battistelli puede entenderse también, y quizá mejor, desde otras tradiciones espirituales: la del I-Ching o la del Tarot. Tanto el candomblé, el I-Ching y el Tarot, más que religiones son experiencias vitales que surgen de lo espiritual. Son formas de leer los signos oscuros que nos provee la experiencia material. Baudelaire decía que caminamos entre catedrales de símbolos y que vivir consiste en descifrar esos símbolos. Battistelli lleva ese desciframiento a un estado extremo. Vemos todo, pero como en penumbra: la belleza del descubrimiento nos apabulla y, paradójicamente, nos enceguece. Por nuestro propio bien, vemos lo que podemos.

Gota de agua. Gota de sangre. Espuma. ¡Destilado de belleza! Fuego y piedras de trueno. La cura. La danza sin fin. Hoguera. Tales los títulos que Battistelli pone a sus obras. Son guías, pero también son mantras: son instrumentos que nos permiten liberar la mente del flujo de imágenes negativas que nos atormentan. Las obras de Battistelli tienen un poderoso componente espiritual, pero no son religiosas. Al menos, no lo son en el sentido tradicional de lo religioso: como el espacio de sometimiento de lo humano a lo divino o de lo individual a lo colectivo. No hay nada que evoque o convoque al sometimiento en Dádiva. Por el contrario: todo habla de liberación, de alegría, de fluir, de fundirse en el devenir informe del futuro.

En Dádiva, Battistelli pasa del color blanco (que caracterizó sus anteriores muestras) a una algarabía cromática que apabulla. Son los colores de los orixás, la exuberancia tonal del candomblé. A través del color señala la ofrenda: agradecer por lo que se tiene, por lo que se logra, por haber vivido, por seguir viviendo. Así como el blanco de sus obras anteriores llevaba la elegancia formal a un nivel exquisito, ahora la potencia del color manifiesta una belleza tumultuosa y delicada que hace pensar que Battistelli tiene el secreto de la perfección.

La vida no tiene sentido. El dolor es una puñalada triste que en cualquier momento puede derrumbarnos. Ofrendar, devolver al universo parte de la energía que nos provee, es una forma de ser justo. Dádiva es la ofrenda que Battistelli le hace a la vida. Y que nosotros compartimos.

Daniel Molina 2011. Buenos Aires

Texto publicado en ” Revista Arte al Día International” 2011/2012.

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 “Tentando o impossível”

A vida não tem sentido. Por isso existe a Arte. Estamos condenados a existir, a querer permanecer, perdurar, mas nossa sina é ir. Sabemos desde pequenos: no futuro haverá um dia em que não mais estaremos. Mesmo sem sentido, a vida é uma explosão de intensidade. Essa intensidade surge da consciência do fim: a morte que nos permite que cada dia valha a pena. O que somos, o que fazemos, não se repetirá jamais. Os artistas mostram a beleza da vida sem máscaras, descaradamente. Mas nem todos os artistas sabem aproveitar essa alegria que nos arrebata, nem todos os artistas conhecem o prazer do momento. Um desses poucos artistas que conhece o poder do efêmero é Leo Battistelli, que é capaz de petrificar o que flui.

Há duas décadas que Battistelli vem tentando o impossível. Cada obra é um novo desafio. Parte da beleza em estado incandescente e ainda mais além. Para Battistelli, a beleza não é harmonia visual nem formal mas sim uma forma de energia, uma intensidade tão sutil como poderosa, que transforma as coisas, as relações, as situações. Suas obras, são além disso, talismãs; melhor dito, objetos apotropaicos : afastam o mal. Os talimãs nos defendem porque tem o poder de nos distanciar do horror. O afastam (em grego, apotrepein significa, literalmente “afastar-se”). O mal não pode ser destruído: está sempre ali, de tocaia. Mas se pudermos afasta-lo, nos aliviar. Rir e cantar. Aproveitar até que a vida chegue ao fim: o que não se afastará mais. Battistelli trabalha nessa freqüência: a intensidade em estado sublime.

Em “Dádiva” tudo tem essa beleza que, por sua vez, emociona e cura. Cada uma das obras é um ritual e também uma celebração pagã. Há magia e deleite. Há gozo e recolhimento. Battistelli vem fazendo experimentos com a cerâmica há muitos anos. Passou de seu pequeno atelier caseiro para o trabalho em grande escala junto a fábrica Verbano, na Província de Santa Fé, Argentina, para logo começar com a Cerâmica Luiz Salvador, no Rio de Janeiro, Brasil. Sua aposta na cerâmica implica em um processo e um risco. O processo é alquímico: é a mistura de água e terra e com essa argila moldar um objeto, que surge da massa disforme. Esse objeto, ainda frágil, impreciso é levado ao forno. O processo de cozimento é altamente imprevisível: nunca se sabe de antemão – menos ainda quando as obras são grandes e muito complexas – se a peça sonhada será a peça final.

Battistelli começou falando da memória. Recorreu ao legado de seus antepassados e mostrou azulejos e fotografias que documentavam esse processo. Logo se interessou pela água, como elemento essencial, mas sobretudo porque flui: a água é o que passa. Pode arrastar, destruir, arrasar, mas também vivifica, nutre, acaricia. Sonhou uma casa na água e petrificou o fluir na cerâmica. O próximo passo, vacilante e audaz ao mesmo tempo, foi apostar no alquímico: sua obra começou a dialogar com os grandes mestres do saber oculto. A magia e o arcano formaram parte de sua linguagem, que foi, contudo, cada vez mais clara e sutil.

Em “Dádiva” dá mais um passo: penetra com mais paixão na pesquisa sobre o mundo das religiões africanas no Brasil, em especial no Candomblé. Sua obra não é uma tradução estética dos credos e rituais, mas encontra nelas fonte de inspiração. Melhor dito: sua energia. Porque Dádiva é a exposição da energia positiva em seu estado puro. Cada obra é um talismã: um objeto que afasta o mal, que nos protege dele.

Não importa conhecer ou não o intrincado mundo do Candomblé, de seus deuses alegres, de sua previsões e promessas. O importante em Dádiva é que cada obra, ao mesmo tempo que dialoga com os senhores e senhoras dos terreiros, que fala de um mundo espiritual que convive com nosso mundo material, convoca uma potência que nos fascina. Não há segredos nas belíssimas obras de Battistelli: tudo é visto, se exibe sem pudor; mas nunca conseguimos perceber tudo que são capazes de manifestar. É como se tivessem sempre algo mais a dizer.

De certo modo, a experiência estética que provoca a produção de Battistelli pode entender-se também, talvez melhor, desde outras tradições espirituais: a do I Ching ou a do Tarot. Tanto o Candomblé, o I Ching e o Tarot, mais que religiões, são experiências vitais que surgem do espiritual. São formas de leitura dos sinais obscuros que nos dá a experiência material. Baudelaire dizia que caminhamos entre catedrais de símbolos e que viver consiste em decifrar esses símbolos. Battistelli leva esse decifrar a um estado extremo. Podemos ver tudo, mas como numa penumbra: a beleza do descobrir nos confunde e paradoxalmente nos cega. Para nosso próprio bem, podemos ver apenas o que nos é possível.

Gota de agua. Gota de sangre. Espuma. ¡Destilado de belleza! Fuego y piedras de trueno. La cura. La danza sin fin. Hoguera. Estes são os títulos que Battistelli coloca em suas obras. São guias mas também são mantras: instrumentos que nos permitem libertar a mente do fluxo de imagens negativas que nos atormentam. As obras de Battistelli tem um poderoso componente espiritual mas não são religiosas. Ao menos não no sentido tradicional do religioso: com espaço para a submissão do homem ao divino, do individual ao coletivo. Não há nada que evoque ou convoque a submissão em “Dádiva”. Ao contrário: tudo fala da libertação, da alegria, do fluir, do fundir-se na incerteza do futuro.

Em Dádiva, Battistelli passa da cor branca – que caracterizou suas exposições anteriores – a uma gama cromática que confunde. São as cores dos Orixás, a exuberância tonal do Candomblé. Através da cor se sinaliza a oferenda: agradecer pelo que se tem, pelo que se consegue, pelo que se viveu, por viver. Assim como o branco de suas obras anteriores trazia a elegância formal a um nível requintado, agora a potência da cor manifesta uma beleza tumultuada e delicada que nos faz pensar que Battistelli tem o segredo da perfeição.

A vida não tem sentido. A dor é uma punhalada triste que a qualquer momento pode nos derrubar. Oferecer, devolver ao Universo parte da energia que nos dá, é uma forma de ser justo. Dádiva é a oferenda que Battistelli faz a vida. E que nós compartilhamos.

Daniel Molina 2011. Buenos Aires

Texto publicado en ” Revista Arte al Día International” 2011/2012.

Tradução Ana Bartholo.

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Exposição Dádiva  / 2011

Colar confeccionado por hábil artesão é intercambiado como dádiva em troca de (mais) uma identidade.

Representações de sangue trocado entre os corpos, acompanhados de palavras rituais, podem resultar em grande riqueza (e “riqueza” aqui nada tem a ver com a “riqueza das nações ocidentais”). Essa riqueza também pode ser chamada “mistura”. “Fusão”.

Um corpo de homem, do tamanho de um ser humano, não recusa a comunhão com o território que habita, ao contrário: ele o respeita e constrói sua identidade juntamente com a identidade do território: sinal de fecundidade. Os ocidentais muito contemporâneos chamam de “sustentabilidade”.

Água e fogo em equilíbrio produzem a necessária obra que dá visibilidade ao significado do caminhar. Espelho.

Nada aqui é gratuito. Pode-se mesmo falar num “sistema de oferendas” que sustenta uma prática de construção de identidade. Por uma estrada estranha-estrangeira, mas pode-se dizer já clássica, chega-se a esta Dádiva.

Em 2004, Leo Battistelli inaugurou a mostra 11571: a soma dos dias vividos até então pelo artista: a soma de uma experiência. Mostrava objetos de alquimia. Como todo experimento que busca o conhecimento, não dispensava os rigores. A cor era um critério. Branco. E as formas dos objetos alquímicos, buscadas a partir da inspiração em desenhos antigos, eram produzidas em porcelana a partir de momentos de reflexão e contemplação às margens do rio Paraná. Critério e território jamais ignorados: os dias vividos até então se converteram em obra artística, através de um experimento alquímico, numa fábrica de porcelana. Reunidas as condições de produção, que são também parte da via de acesso ao conhecimento, estabelecidos os critérios de cor e forma, chegou-se à obra buscada: resposta àquele momento.

Aprendizagem com a observação participante às margens do rio: um momento não se repete.

Somam-se-lhe os dias, ao artista. Chega-se a outras margens. Essas são feitas de ondas e espumas. Chamam-se praias e mares estes reinos de outras águas e saberes mais salgados. Outro o território, outra a paisagem: portanto, outras cores, formas, outros códigos lingüísticos e tradições. Mudam-se os critérios, mas o rigor continua. E continuam algumas insistências: a insistência na comunhão identidade e território e o tema da magia, que é diferente de praticar uma religião. Pode-se falar numa busca de formas religiosas para os objetos, não numa prática religiosa. E numa forma de conexão entre existência singular e território, que não elide, ao contrário, sublinha a experiência das identidades coletivas, ao contemplar novos discursos de alteridade com os quais entra em contato a partir do novo território, sem, entretanto, abandonar completamente os diálogos anteriormente construídos. Essa comunhão entre identidade e território se complexifica, pois tenta suportar a tensão do contínuo deslocamento.

Este texto não tenta ser uma biografia. É um texto que parte de objetos concretos e presentes e tenta relacioná-los com objetos concretos feitos em época passada pelo mesmo autor. Entre os 11.571 dias vividos por Leo Battistelli e transformados na mostra de objetos alquímicos que portava o nome numeral desses dias e a presente mostra que ora se expõe, passou-se um número não conhecido exatamente de dias. Mas a diferença efetuada pelo caminhar por este entretempo veio dar à praia. Este texto tampouco tenta precisar ou contextualizar a obra do artista em questão com relação ao seu contexto ou geração, seja da Argentina, seja do Brasil. É um texto que tenta acompanhar e registrar em palavras escritas a transformação de objetos brancos, alquímicos de um passado recente em objetos da colorida Dádiva do presente: muitas cores e outra tradição – não quaisquer cores, pois o critério cor prossegue em seu rigor e repercute uma simbologia de determinada tradição, a saber: não ocidental, não eurocêntrica. Uma tradição afro ressignificada. O artista parece construir e percorrer seu próprio caminho reflexivo, sua estrada própria e estrangeira, que dá tantas vezes a, no mínimo, dois lugares ao mesmo tempo. O conceito eurocêntrico a ser utilizado aqui seria o de “nação”. Significaria falar em Brasil e Argentina – maneira grosseira seria esta de não perceber ou invisibilizar a extensão do inventário pesquisado do universo desse artista, que passa por um universo de significados muito mais amplo do que a organização e o uso ocidental do território e do saber pode fazer compreender. O artista dialoga, justamente, com outras tradições, como a dizer da insuficiência do saber ocidental e científico para solucionar: a possibilidade de retirada das fronteiras, a reconexão com a natureza (a prática e os saberes tradicionais com as ervas é outra insistência em suas obras ao longo dos anos) e o diálogo entre a multiplicidade de tradições que estabeleceria a “frátria”, não a pátria. No entanto, o artista vem construindo seu próprio caminho com o material circundante – no caso, as formas religiosas de matriz afrobrasileira -, relacionando-se, portanto, com o território que habita: o que faz de seu caminho singular um caminho a ser compartilhado por outras identidades coletivas.

Em 2004, seu critério de cor primava pelo branco: objetos de alquimia eram construídos com um critério de cor veementemente observado. Sua obra era produzida, então, numa fábrica de porcelana em Rosário, Argentina, às margens do rio. Em 2011, as cores dos orixás ocupam as superfícies artesanais de suas criações feitas  a partir, principalmente, de uma fábrica de cerâmica no Rio de Janeiro, entre a montanha e o mar. Duas formas de declaração de identidade territorial dialogam, se superpõem: não se excluem. Ainda que este texto não seja nem mesmo o esboço de uma biografia, é impossível não perceber nessa mudança uma mudança de território e seus recursos. Uma nova experiência de identidade compartilhada. Ou, em outras palavras, um movimento de expansão da identidade para além das fronteiras fixas previamente determinadas. Mas enganar-se-ia todo aquele que não perceber nas mudanças nomeadas uma permanência: o sentido de transformação. Presente na alquimia passada, presente na Dádiva. A dádiva pode ser aqui entendida como um mecanismo, até mesmo mágico, de transformação. Uma dádiva, uma oferenda aos Orixás sugere um elo com o transcendente, o simbólico de uma identidade, que pede ou agradece algo. Uma dádiva entre semelhantes tenta mudar, aprofundar, redesenhar, elaborar de alguma forma o laço que une doador e receptor. Mudam-se os critérios de cor e forma: a magia na obra de Leo permanece. Leo adota e é adotado pelo novo território e pela nova linguagem que habita: permanece a comunhão, o sentido religioso de conexão entre os diferentes e os semelhantes saberes. Permanece o pacto de afeto e harmonia com este território mais amplo que abriga seu corpo e sua existência: em troca, suas obras permanecem extensões que projetam sua existência para muito além de quaisquer fronteiras, sejam as do próprio corpo, as da nação, das tradições ou as fronteiras da linguagem. Seu corpo intensamente em movimento pode ser aqui, nesta mostra, recuperado em sua trajetória, em seus rituais para manter a vida, a magia, o sagrado, o simbólico. Sua luta pelo significado das experiências e trocas humanas, pelo significado não excludente dos caminhos trilhados, pela não gratuidade do contemporâneo está aqui representada.

A magia dedica-se a conhecer a natureza para retirar daí o seu repertório de técnicas. Magia não é religião: é conhecimento e sua busca. É capital simbólico a ser explorado por cientistas, alquimistas, artistas, poetas e todos aqueles que percebem ser possível e necessário, num dado momento, transformar uma coisa em outra. O mar sabe: transforma onda em espuma num passe de mágica. O acúmulo de água que é a onda se desfaz em espuma a partir de determinada tensão. Se a magia dedica-se a conhecer a natureza, a obra de Leo passa por essa dedicação de forma extrema, tensionando as cores, formas e propriedades dos materiais até que formem uma onda temática que se transformará em espuma de agradecimento pela passagem de um estado de identidade a outro. No caso presente, troca, assim, com os orixás, que lhe dão salvo-conduto para incorporar mais uma identidade.

À Dádiva subjaz um discurso, nunca livre. Mas há de ser sempre generoso. Trata-se de uma expressão de economia das trocas simbólicas, feita em forma de diálogo visível, em forma de obras majestosas, mostradas aqui: como forma de visibilizar o diálogo com os orixás e com novos territórios, como forma de manter e continuar o diálogo com territórios, temas e sujeitos anteriores. Como forma de ser uma identidade-em- trânsito, abrigada por todas as culturas que, respeitosamente, visita. Essa mostra é um direito de passagem e, ao mesmo tempo, é um questionamento das fronteiras. O que é e o que não é Ocidente nessa mostra¿ O lugar da identidade em trânsito permanece.

Camila do Valle. Rio de Janeiro

Catálogo de exposición “Dádiva”, 2011. Galería GC Estudio de Arte, Buenos Aires.

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 “Dádiva”

Collar confeccionado por hábil artesano e intercambiado como dádiva en trueque de (más) de una identidad.

Representaciones de sangre cambiada entre los cuerpos, acompañadas de palabras rituales, pueden representar en gran riqueza (y “riqueza” aquí nada tiene que ver con La “riqueza de las naciones occidentales”). Esa riqueza también puede ser llamada “mezcolanza”. “Fusión”.

Un cuerpo de hombre, del tamaño de un ser humano, no recusa comunión con el terreno que habita, al contrario: él lo respeta y construye su identidad juntamente con la identidad del território: señal de fecundidad. Algo que los occidentales muy contemporáneos llaman “sustentabilidad”.

Agua y fuego en equilibrio producen la obra necesaria que le da visibilidad al significado de caminar. Espejo.

Nada aquí es gratuito. Puede hablarse de un “sistema de ofrendas” que sustenta una práctica de construcción de identidad. Por un camino extraño-extranjero, pero que ya es también clásico, se llega a esta Dádiva.

En 2004, Leo Battistelli inauguró la muestra 11571: la suma de los días vividos hasta entonces por el artista, la suma de una experiencia. Mostraba objetos de alquimia. Como todo experimento que busca el conocimiento, no prescindía de los rigores. El corazón era un criterio. Blanco. Y las formas de los objetos alquímicos, buscadas a partir de la inspiración en diseños antiguos, eran producidas en porcelana a partir de momentos de reflexión y contemplación en los márgenes del río Paraná. Criterio y territorio jamás ignorados: los días vividos hasta entonces se convertirían en obra artística, a través de un experimento alquímico, en una fábrica de porcelana. Reunidas las condiciones de producción, que son también parte de la vía de acceso al conocimiento, establecidos los criterios de color y de forma, se llegó a la obra buscada: respuesta de aquél momento.

Aprendizaje con la observación participante en las márgenes del río: ni un momento se repite.

Se le suman los días, el artista. Se llega a otros márgenes. Estas están hechos de olas y espuma. Se llaman playas y mares estos reinos de otras aguas y saberes más salados. Es otro el territorio, otro el paisaje; por lo tanto, son otros los colores, las formas, los códigos lingüísticos y las tradiciones. Cambian los criterios, pero el rigor continúa. Y continúan algunas insistencias: la insistencia de comunión e identidad y territorio, y el tema de la magia que es diferente de practicar una religión. Puede hablarse de una búsqueda de formas religiosas para los objetos, no de una práctica religiosa. Y de una forma de conexión entre existencia singular y territorio, que no elide, al contrario, subraya la experiencia de las identidades colectivas, al contemplar nuevos discursos de alteridad con los cuales entra en contacto a partir del nuevo territorio, sin, entretanto, abandonar completamente los diálogos anteriormente construidos. Esa comunión entre identidad y territorio se complejiza, pues intenta soportar la tensión del continuo dislocamiento.

Este texto no intenta ser una biografía. Es un texto que parte de objetos concretos y presentes e intenta relacionarlos con objetos concretos realizados en una época pasada por el mismo autor. Entre los 11571 días vividos por Leo Battistelli y transformados en una muestra de objetos alquímicos que llevaba como título el número de esos días, y esta muestra que ahora se expone pasó a haber un número desconocido de días. Pero la diferencia efectuada al caminar por este entretiempo la encuentro en la playa. Este texto tampoco intenta precisar o contextualizar la obra del artista en cuestión en relación a su contexto o su generación, sea de Argentina o de Brasil. Es un texto que intenta acompañar y registrar en palabras escritas la transformación de objetos blancos, alquímicos de un pasado reciente en objetos de la colorida Dádiva del presente: muchos colores y otra tradición –no cualquier color, pues el criterio de color prosigue en su rigor y repercute en una simbología de determinada tradición, a saber: no occidental, no eurocéntrica. Una tradición afro resignificada. El artista parece construir y recorrer su propio camino reflexivo, su propia ruta, extranjera, que de tantas veces, como mínimo, es dos lugares al mismo tiempo. El concepto eurocéntrico a ser utilizado aquí sería el de “nación”. Significaría hablar de Brasil y Argentina –una manera grosera de no percibir o invisibilizar la extensión del inventario pesquisado en el universo de este artista, que pasa por un universo de significados mucho más amplio que la organización y que el uso occidental de territorio y de saber pueden comprender. El artista dialoga, justamente, con otras tradiciones, como se dijo, con la insuficiencia del saber occidental y científico para solucionar: la posibilidad de retirar las fronteras, la reconexión con la naturaleza (la práctica de los saberes tradicionales con las hierbas es otra insistencia en sus obras a lo largo de los años) y el diálogo entre la multiplicidad de tradiciones que establecería la “frátria” [en un juego de palabras entre fraternal y patria], en vez de patria. De todas maneras, el artista viene construyendo su propio camino con el material circundante –  en este caso las formas religiosas de matriz afrobrasilera – relacionándose, por lo tanto, con el territorio que habita: lo que hace de su camino un camino singular para ser compartido por otras identidades colectivas.

En 2004, en su criterio de color primaba el blanco: sus objetos de alquimia eran construidos con un criterio de color vehemente observado. Su obra era producida, entonces, en una fábrica de porcelana en Rosario, Argentina, a la orilla del río. En 2011, los colores de los Orixás ocupan las superficies artesanales de sus creaciones hechas, principalmente,  a partir de una fábrica de cerámica en Río de Janeiro, entre la montaña y el mar. Dos formas de declaración de identidad territorial dialogan, se superponen: no se excluyen. Aunque este texto no sea en sí mismo un esbozo de una biografía, es imposible no percibir en esa mudanza una mudanza de territorio y sus recursos. Una nueva experiencia de identidad compartida. O, en otras palabras, un movimiento de expansión de la identidad más allá de las fronteras fijas previamente determinadas. Pero se engañaría todo aquel que no percibiera en las mudanzas nombradas una permanencia: el sentido de transformación. Presente en la alquimia pasada, presente en la Dádiva. La dádiva puede ser aquí entendida como un mecanismo, incluso mágico, de transformación. Una dádiva, una ofrenda a los Orixás, sugiere un eslabón con lo trascendente, lo simbólico de una identidad, que pide o agradece algo. Una dádiva entre semejantes intenta cambiar, profundizar, rediseñar, elaborar de alguna forma, el lazo que une al donador y al receptor. Se cambian los criterios de color y de forma: la magia en la obra de Leo permanece. Leo adopta y es adoptado por el nuevo territorio y por el nuevo lenguaje que habita: permanece la comunión, el sentido religioso de conexión entre los diferentes saberes y los semejantes. Permanece el pacto de afecto y armonía con este territorio más amplio que abriga su cuerpo y su existencia. En cambio, sus obras permanecen como extensiones que proyectan su existencia mucho más allá de cualquier frontera, sean las del propio cuerpo, la de la nación, las tradiciones o las fronteras del lenguaje. Su cuerpo intensamente en movimiento puede ser aquí, en esta muestra, recuperado en su trayectoria, en sus rituales para mantener la vida, la magia, lo sagrado, lo simbólico. Su lucha por el significado de las experiencias e intercambios humanos, por el significado no excluyente de los caminos transitados, por la falta de gratuidad de lo contemporáneo está aquí representada.

La magia se dedica a conocer la naturaleza para retirar de ahí su repertorio de técnicas. Magia no es religión: es el conocimiento y su búsqueda. Es capital simbólico a ser explorado por científicos, alquimistas, artistas, poetas y todos aquellos que perciben que es posible y necesario, en un determinado momentos, transformar una cosa en otra. E mar lo sabe: transforma la ola en espuma en un pase de magia. El cúmulo de agua que es la ola se deshace en espuma a partir de determinada tensión. Si la magia se dedicara a conocer la naturaleza, la obra de Leo se dedica a eso de manera extrema, tensionando los colores las formas y las propiedades de los materiales hasta que forman una ola temática que se transformará en espuma de agradecimiento por el pasaje de un estado de identidad a otro. En este caso, el intercambio con los orixás, le da además salvoconducto para incorporar más de una identidad.

En la Dádiva subyace un discurso, nunca libre. Pero ha de ser siempre generoso. Se trata de una expresión de la economía del intercambio simbólico, realizado en forma de diálogo visible, en forma de obras majestuosas, mostradas aquí: como forma de visibilizar el diálogo con los orixás y con los nuevos territorios, como manera de mantener y de continuar el diálogo con territorios, temas y sujetos anteriores. Como forma de ser una identidad-en-tránsito, amparada por todas las culturas que, respetuosamente, visita. Esta muestra es un derecho de pasaje y, al mismo tiempo, es un cuestionamiento de las fronteras. ¿Qué es y qué no es Occidente en esta muestra? El lugar de identidad en tránsito permanece.

 

Camila Do Valle

Traducción Marina Mariasch

Catálogo de exposición “Dádiva”, 2011. Galería GC Estudio de Arte, Buenos Aires.

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Exposición Guardavidas/ 2006

El arte y la vida se confunden y se fecundan en Leo Battistelli.

La vida, según los arcanos, es agua y barro mezclados y configurados desde el aliento. El arte es hoy este mismo aliento de sentido que empuja la vida a las preguntas, a la observación, al hacer. Al recrearse constantemente. ¿No era – y es- esto la vanguardia en arte, ese arte sumido ahora en la desactivación obscena del todo vale? ¿Sentido? Sólo novedad y espectáculo, por favor, opinan los oportunistas transvestidos de artistas. Los imbéciles que ensucian lo sagrado del arte.

Leo amasa barro y agua, cotidianamente, y le da forma desde el arte que ha acumulado en la experiencia de su vida junto al Paraná. Las aguas del río le inspiran al navegarlas, cuando se sumerge desea, incluso, construir su casa sostenible en los barros firmes de sus islas.

He seguido con ojos abiertos la trayectoria última de Leo, desde que llegó con sus cajas embaladas con mimo al Malba; encima de una gran mesa improvisada empezó a desenvolver los objetos de barro y agua, del arte y el desafío, elaborados en Verbano durante largas noches solitarias. Nos sugería. Sobre la mesa apareció un nuevo lenguaje cifrado cuyas palabras desvelaban otra naturaleza de los irupés, los canales de agua, los juncos y las manchas húmedas…¿El arte regresa a la naturaleza? El arte de Leo nos mostraba la naturaleza vivida que, en el museo, susurraba el regreso a los orígenes para entendernos y avanzar. Aquí nada es copia. Todo es experiencia de las pequeñas cosas presentadas como señales para los grandes retos.

Ahora Leo ha pasado de las palabras claves a la construcción de una atmósfera ecológica donde crea y presenta arte para la vida o vida que quiere ser arte. En la galería Zavaleta Lab se constata, se corespira. Aquí no está la simulación de la casa que va ha construir en las islas: estamos en su casa, compartiéndola. Con paneles de madera trabajada al estilo de los artesanos medievales que daban forma al alabastro, de los ebanistas del renacimiento que ensamblaban maravillas en las madera, con el estilo de su tan querido Lucio Fontana que acuchillaba las telas tal como Leo perfora sus piezas, configura su casa cotidiana desde la memoria y la contemporaneidad del arte. ¿Casa para la vida o arte en la casa? Ambas. Con cilindros de porcelana la amarra en las aguas del río, para que sea navío y no la asusten las crecidas fértiles. Y está el agua y el barro del Paraná como una obsesión, como una marca, como proyecto de vida y arte.

Esta es una casa abierta, acogedora, como siempre es el arte. Sugerente como toda obra de Leo. Y dialogante, con todos los que entran y pasan por delante de la vidriera. Sus padres le acompañan en su nuevo hogar, en la apuesta por una vida que siempre es arte, agua, vida y aliento: forma infinita, creación incesante. Y los amigos.

¿Arte ecológico? Me apunto. El arte siempre ha esbozado retos y horizontes desde y para las grandes cuestiones que nos preocupan a los humanos. Lo iniciamos en las cuevas donde creamos signos para pensar y convivir con sentido. Hoy, junto a la preocupación por impedir un retorno a lo bárbaro prehomínico, está la inquietud por la maltrecha madre tierra, la Gran Diosa. Algunos artistas lo han entendido. Y apuestan por la responsabilidad social del arte: por un arte que desde la épica de lo poético nos narra historias que no podemos olvidar y obligaciones que debemos observar porque son claves para la vida. En los tiempos de los ríos obscenamente envenenados, de las tierras contaminadas, del aliento para vivir y convivir donde abunda lo desdibujado, el arte debe ser, también, ecológico: se adapta al entorno, transforma desde la interrelación, empuja mas allá con respeto, se nutre de los otros, es útil, desprende energía, evoluciona, se mestiza, es lógico y, a la vez, impredecible, reencanta…

Es la apuesta de Leo: su invitación para compartir algunas preguntas claves. ¿Queremos vidas responsables junto al río de la sensibilidad, con archipiélagos de la creatividad que todo lo puede? La exposición plantea sólo el reto.

Gracias Leo.

Y en la próxima, ¿que?

Toni Puig. Barcelona

 Catálogo de exposición “Guardavidas”, 2006. Galería Zavaleta Lab, Buenos Aires.

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“A arte e a vida se misturam e são fecundadas em Leo Battistelli.”

Vida, de acordo com os arcanos, é a água e o barro mesclados e delineados a partir do sopro. A arte é hoje, este mesmo sopro que impulsiona o questionamento da vida, a observação e o fazer. Ao recriar-se constantemente, Leo mistura o barro e a água todos os dias, dando forma a esta arte que se acumulou através de sua vida junto ao rio Paraná…

..Tenho acompanhado atentamente a última trajetória de Leo, desde sua chegada ao MALBA, com caixas cuidadosamente embaladas. Em uma mesa improvisada começou a desembrulhar os objetos de argila e água, de arte e desafio, preparados na Porcelana Verbano durante longas noites solitárias.

Assim nos sugeria.

Sobre a mesa, surgiu uma nova linguagem codificada, cujas palavras revelavam outra natureza dos irupés, dos canais aquáticos, dos juncos e manchas úmidas. Será a arte que volta à natureza? A arte de Leo nos mostrava a natureza viva que, no museu, murmurava o regresso às origens para entendermos e continuarmos nossa trajetória. Aqui nada é copiado. Tudo vem da experiência das pequenas coisas que se apresentam como sinais de grandes desafios.

… Agora, Leo passou das palavras-chave para a construção de uma atmosfera ecológica, onde cria e mostra a arte para a vida ou a vida que quer ser arte… “Arte Ecológica?” Observei. A arte sempre traçou desafios e horizontes desde e para as grandes questões que preocupam os seres humanos. Começamos nas cavernas onde criamos signos para dar sentido ao pensar e a vida. Hoje, juntamente com a responsabilidade de evitar um retorno à barbárie pré-homínica, está a preocupação com a maltratada mãe terra, a Grande Deusa. Alguns artistas percebem e apostam na responsabilidade social da arte: por uma arte que desde a épica da poesia narra histórias que não podemos esquecer e obrigações que devemos respeitar, porque são fundamentais à vida. Em tempos de rios obscenamente envenenados, solos contaminados, alento para viver e conviver onde prospera a disformidade, a arte deve ser também ecológica: que se adapta ao ambiente transformado a partir desta inter relação, impulsionando-a mais além mantendo o respeito, nutrindo-se de outros, útil, liberando energia, evoluindo, misturando-se, sendo lógica e ao mesmo tempo imprevisível, re-encantada…

Esta é a aposta de Leo: seu convite para compartilhar algumas questões-chave. Queremos vidas responsáveis junto ao rio da sensibilidade, com  arquipélagos de criatividade, onde se pode fazer tudo? A exposição apresenta este único desafio.

Obrigado Leo.

E na próxima, o que será?

Toni Puig

Tradução Ana Bartholo

Catálogo de exposición “Guardavidas”, 2006. Galería Zavaleta Lab, Buenos Aires.

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“Eso que Dios definió como lo seco.”

Hay artistas que simplemente trabajan la arcilla, esa sustancia mineral compuesta básicamente de silicato de aluminio que adquiere gran plasticidad cuando se mezcla con el agua y gran dureza cuando es cocida a elevadas temperaturas. Hay otros que además de hacer eso nos hacen hablar. Este es el caso de Leo Battistelli, ya que, a no engañarse, en absoluto se trata de una obra silenciosa. Habla de arcilla, de barro, de agua y de fuego, también del espíritu, o sea de la alquimia.

Hace condensación y desplazamiento, metáfora y metonimia. Como el inconsciente, sorprende: se trata de una obra que nunca está donde se piensa, de ahí la ruptura, los quiebres, las filtraciones, lo que se muestra y lo que se esconde en un Universo con adentro afuera, como en una cinta de Moebius.

Hace figuras retóricas, como las sinécdoques, y por eso, para decir, le alcanza con sólo mirar la molécula, el átomo. Son miradas vitales, porque puede soportar la molécula sin necesidad de transformarla en cuerpo. Cuando hace un cuerpo lo llama filtración. Adentro afuera.

Habla de las enseñanzas de Juan Matus y de seres luminosos, habla acaso de una historia interminable que podría cifrarse en las páginas de Michel Ende, o  de William Blake. Habla de los orígenes y de la muerte en el mismo punto en que podemos pensar  la cultura, cuando los hombres, en las mismas tumbas de los primeros hombres, colocaban objetos de alfarerería. Hace fusión de la vida y de la fantasía.

La obra de Battistelli late en un camino con corazón. Con corazón de arcilla pero también de tierra; con corazón de río, su movimiento y su cadencia: una obra que sube y trepa paredes, alpinista; un guardavidas que se interna en las playas del Paraná para respirar el máximo de oxígeno, como el máximo de oxígeno hallado sobre la tierra respiran los líquenes, porque también hace líquenes. Y qué decir de los líquenes sino precisamente que son la unión simbiótica formada por un alga y un hongo, fusión.

Se trata de que la mirada y la voz están ligadas. No se sabe bien cuál va primero, pero la obra habla y comunica, señala. Entonces las palabras fluyen y vuelven a la obra, así como el río arrastra la tierra y como la tierra necesita del agua, y después vuelve al río. Porque el tema princeps parece ser ese, el universo, su fusión, lo seres imaginarios, todo eso articulado con lo que Dios definió como lo seco.

Porque el conjunto de todos los seres existentes en el espacio, que están y se mueven, es decir el Universo, el suyo, resulta algo inquietante y por eso logrado. Porque siempre pone en movimiento y porque siempre busca, porque no cierra y porque como los agujeros negros no cesan de comunicar diferentes dimensiones. Como si nos estuviese diciendo que la obra es una pregunta constante: abierta y que se ofrece, que busca solidaridad. Y es esa solidaridad con los diferentes seres del Universo la que precisamente nos hace un lugar.

Leo Battistelli se funde con el medio, con las sierras cordobesas, fluye con las corrientes del Paraná, fluye como dejándose vivir, con lo que dice, con lo que se dirá y con lo que se irá diciendo. Así la obra va siendo, se va dejando vivir, como una especie de Juan L Ortiz de barro. No recorta el espacio, sino que entra en comunión con el contexto, místicamente. Nace del artista Leo Battistelli, que como no es sólo hijo de su tiempo, y que por esa misma razón no está condenado a desaparecer, se transforma en una “pregunta constante”. Entonces, se va desprendiendo, y tomando el medio, adquiriendo personalidad propia, haciéndose un sujeto independiente, tanto que llega a respirar por si sola, y así, con la impronta de quien le dio la vida, cobra una vida material real, tanto que llega a modificar al ojo que la mira, a la percepción que la percibe, al hombre que piensa alrededor de ella, ahí todos nosotros otra vez, en comunión, agradecidos, atentos a esa euritmia que el artista nos trae, a ese “blanco que suena y de pronto puede comprenderse”.

Un blanco tan frágil como la nieve pero también tan fuerte como el diluvio, como una voz del mañana. Una obra que puede abrir impunemente la caja de Pandora. Que no le teme a todos los males que de ella pudiesen salir y esparcirse por el mundo, justamente, porque como artista -y como alquimista- posee el conjuro, y entonces puede cerrarla cuando quiera, puede abrirla y puede cerrarla, puede incluso jugar con ella. Y ofrecerla para que participemos de su Universo, para que nos dejemos modificar, por que se sabe, ya lo anticipó Kandinsky, “(…) el artista se forja en ese ir y volver perpetuo de él hacia los otros, a mitad de camino de la belleza, de la que no puede prescindir, y de la comunidad, de la que no puede apararse. Por eso los verdaderos artistas no desprecian nada, se obligan a comprender en lugar de juzgar”.

Por eso la alegría, por el artista y por su obra, la que nos saca de la cómoda posición de ver qué pasa, nos pone a sentir y a trabajar, nos modifica el estado, de la pasividad a la acción. Del ojo bancario al ojo que construye. Claro pues que tanta atracción se debe a que no tuvimos que soportar el caos que el artista sufrió, no tuvimos que padecer su desintegración. Cuando nos la entrega ella ya fue filtrada, pero así y todo no deja de interpelarnos.

Walter Motto. Rosario

 Catálogo de exposición “Guardavidas”, 2006. Galería Zavaleta Lab, Buenos Aires.

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“O Que Deus definiu como seco.”

Há artistas que simplesmente trabalham a argila, substância mineral composta principalmente por silicato de alumínio, que adquire grande plasticidade quando misturado com água e dureza quando cozida em altas temperaturas. Há outros que além de fazer isso, nos fazem falar. Este é o caso de Leo Battistelli: mas não se engane porque é um trabalho silencioso. Fala-se da argila, do barro, da água e do fogo e também do espírito, ou seja, da alquimia.

Condensa e se move, metáfora e metonímia. Como o inconsciente, surpreende: é uma obra que nunca está onde você pensa que está, daí até o rompimento, a quebra, infiltrações, o que é mostrado e o que se esconde em um Universo com externo interno, como numa fita de Moebius.

Realiza figuras retóricas, como a sinédoque, e por isso, quero dizer, consegue apenas olhando a molécula, o átomo. São miradas vitais porque pode sustentar a molécula sem necessidade de transformá-lo no corpo. Quando aparece uma forma a chama de infiltração. Dentro e fora.

Fala dos ensinamentos de Juan Matus e de seres luminosos, talvez conte uma história sem fim que poderia ser codificada nas páginas de Michel Ende, ou de William Blake. Fala das origens e da morte no mesmo ponto em que podemos pensar a cultura, quando os homens, nos mesmos túmulos dos primeiros homens, colocavam objetos de cerâmica. Concretiza a fusão da vida e da fantasia.

A obra de Battistelli pulsa num caminho como um coração. Como um coração de argila, mas que também é de terra; como um coração de rio, o seu movimento e sua cadência: uma obra que escala montanhas, um alpinista, um salva-vidas que penetra as praias do Paraná para respirar o máximo de oxigênio encontrado sobre a terra onde respiram os líquens, porque ele também faz líquens. E que são líquens se não a união simbiótica de uma alga e um fungo, fusão.

Isto significa que o olhar e a voz estão interligados. Não está claro o que vem primeiro, mas o trabalho fala e se comunica, diz ele. Então, as palavras fluem e retornam a obra, assim como o rio arrasta a terra e como a terra necessita de água e depois retorna ao rio. Porque o tema principal parece ser este, o universo, sua fusão, os seres imaginários, tudo isso ligado ao que Deus definiu como seco.

Porque o conjunto de todos os seres existentes no espaço, que estão e se movem, ou seja, o universo, o seu próprio, é algo perturbador e por isso realizado. Porque sempre coloca em movimento e porque sempre procura, porque não se fecha e porque, como os buracos negros não param de comunicar-se constantemente com diferentes dimensões. Como se nos estivesse dizendo que a obra é uma pergunta constante: aberta e que se oferece, que procura solidariedade. É esta solidariedade com os diferentes seres do Universo que nos faz um lugar.

Leo Battistelli se funde com o ambiente, com as serras cordobesas, flui com as correntes  do Paraná, flui tomando vida com o que diz, com o que dirá e com o que irá dizer. Assim a obra começa a ser, vive, como uma espécie de Juan L Ortiz da cerâmica. Não recorta o espaço, mas entra em comunhão com o contexto, misticamente. Nasce do artista Leo Battistelli, que não é apenas filho de seu tempo, e por esta razão não está condenado a desaparecer, transformando-se num “questionamento constante”. Em seguida começa a se desprender, apoderando-se do meio, adquirindo personalidade própria, transformando-se em sujeito independente, respirando por conta própria, com o instinto de quem lhe deu vida, buscando uma realidade material que modifique o olhar de quem o observa, a percepção de quem o percebe, o homem que pensa ao seu redor, quando novamente todos nós estaremos em comunhão, agradecidos e atentos ao ritmo que este artista nos traz”, ao branco que surge e parece estar pronto para ser compreendido. ”

Um branco tão frágil como a neve mas também tão forte como o dilúvio, como uma voz do amanhã. Uma obra capaz de abrir impunemente a caixa de Pandora. Que não teme todos os males que dela podem sair e espalhar-se pelo mundo, justamente porque, como artista – e como alquimista – possui a fórmula capaz de fecha-la, podendo até brincar com ela. E a oferece para que participemos de seu Universo, para que nos permita mudar, por que sabemos, como já o antecipou Kandinsky, “(…) o artista se forja nesse ir e vir permanente que ele realiza até os outros, a metade do caminho da beleza, da que não pode faltar e da comunidade, da qual não pode afastar-se. Por isso os verdadeiros artistas não desprezam nada, se obrigam a compreender em vez de julgar.”

Por isso a alegria, pelo artista e sua obra, que nos leva para longe da posição confortável para ver o que acontece, nos coloca para sentir e trabalhar, nos modifica o estado, da passividade para a ação. Do olhar bancário ao olhar que constrói. Claro que toda esta atração se deve ao fato de que não tivemos de agüentar o caos que o artista sofreu, não tivemos que padecer de sua desintegração. Quando nos entrega a obra, esta já foi filtrada, mas continua a nos questionar.

Walter Motto

Tradução Ana Bartholo

Catálogo de exposición “Guardavidas”, 2006. Galería Zavaleta Lab, Buenos Aires.

 

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Exposición “11571″ / 2004

 

“El arte cura: el arte recrea”

Para algunos gnósticos, al principio Dios se miró en la superficie de las aguas y apareció la imagen de la inteligencia. Las aguas y los barros querían atrapar esta imagen única. Se les escapaba. Hasta que mezclando barro y agua construyeron una estatua. Entonces la inteligencia –la sabiduría decían ellos- la penetró. Toda la creación, desde entonces, es una mezcla alquímica de aguas ondulantes, barros primigenios y soplo.

Leo Battistelli anda comprometido con las aguas y los barros del Paraná desde hace años. Se sumerge en ellos para alcanzar el fondo: la iluminación. Que es más, como saben los cabalistas, que la comprensión. En las aguas y los barros abisales lucha, desafía, intuye, zozobra, se inquieta. Se entrega. Y crea. Emerge, después, diseñando objetos, visiones y símbolos cruciales que nos remiten a lo profundo del caos constructivo y al misterio de la vida. Sus gusanos luminosos, los líquenes simbiontes, los filamentos lucios, los sensores energéticos, los instrumentos alquímicos, las ciudades andadas, los nombres de la memoria,… están armados en el silencioso destello orgánico de Blake. Todos son elementos rescatados de las aguas y los barros. Son vocabulario de arte, de inteligencia, pues: el arte es la forma más rigurosa del pensamiento. Un vocabulario que nos invita a leer la vida y el mundo desde la creatividad de Leo, mezclada con nuestras propias aguas y barros.

En las aguas y los barros de Leo Battistelli está el soplo, la inteligencia del otro que nos habla y recrea, intuido bajo las aguas, empañado por las tierras. Leo establece con él un diálogo incesante que lo transforma en artista: se conoce a sí mismo –nosce te ipsum- desde la radical libertad de la creatividad. Y destila su obra: la produce con manos que amasan aguas, barros y sabiduría. No cesa hasta lograr formas soñadas, precisas, con un cierto enigma, para que nosotros también nos sumerjamos y nos entendamos: conectemos con el soplo que Leo ha atrapado en su obra. Una obra preñada por ecos de sensibilidades viscerales y táctiles.

En el gris marasmo de las artes contemporáneas, se atreve a investigar en lo subterráneo, en lo nuclear, para avanzar por el sendero de lo no trillado. Camina en espiral. No quiere someterse al dictado de las academias de las modas internacionales vacuas. En su innovación se respira un opus metafisicum profano. Y trascendente. La obra nos habla de la naturaleza viva, de laberintos descubiertos, del amor, de los amigos con nombre propio, de rituales olvidados, de lo ocultado… Todo lo cuenta de una manera no plana, significativa, estética: nos abre horizonte, nos narra una historia personal y común que no se cierra hasta que nos impliquemos. La obra de Leo jamás es muda: ésta, además, es luminosa. Invita. Quiere encantar, con todo el significado mágico de la palabra. Leo se adentra en la terra et aqua incognitae para entreabrir sus puertas. Golpea con obstinación lo impenetrable del cosmos y la vida que está en el laberinto de nuestra intimidad. Oteando por la puerta de la expo, notamos despertar, mejor relación con la materia y la vida. Es lo que siempre nos propone el arte. Sin la inteligencia sabia del arte, aguas y barro, vida y relaciones, son opacidad nihilista.

Cada obra, su interrelación, la frase ondulante propuesta por Leo Battistelli en la Fundación Klemm, es un interrogante, una pregunta, una huella, un trazo de respuesta, sobre las más hondas intimidades de nuestra existencia que a menudo olvidamos. El arte jamás es insignificante. Siempre, en cada trazo, es mensajero del alba, tierra y mar para explorar. Siempre es bienvenida y advenimiento, apretón de manos. En las de Leo notas pasión por las aguas y los barros fundacionales, inteligencia para las inquietudes del hoy. Un apretón rotundo, amigo.

La expo, contemplada desde la mirada tolteca que tanto apasiona e importa a Leo Battistelli, nos presenta una recapitulación de las experiencias claves de su vida: encuentros, perspectivas, hallazgos, esperanzas… Es un punto vital para conectar con la energía del universo. Que siempre fluye. Y se transmite desde el rio embarrado del arte. Para empalmar con ella sólo nos pide que nos zambullamos en su obscuro cauce de conciencia para regresar a la orilla con renovada vitalidad. La expo, como espacio tolteca, es una oportunidad para vigorizarnos.

Wilde se equivocó. No es que la naturaleza imite el arte: la naturaleza es arte porque busca, en la senda de Yeats, la perfección de la vida y de la obra. Oigamos su murmullo desde el momento que atravesemos los lindes de la expo. Escuchemos el canto de las Sirenas que entonan la melodía de la Primera Gran Explosión: al inicio creo las aguas y los barros. Y los animales y los hombres. Y vio que todo era bueno. Lo proclama el Génesis, el libro de los orígenes. Dejémonos penetrar por esta creatividad primera, tolteca, incesante. Por la creatividad de Leo Battistelli. Que nos golpee. Irradia inteligencia que cura.

Nos recreará. Nos bautizará con las aguas. Y nos señalará con los barros. Desde el arte siempre es posible volver a empezar. Por más contaminadas que estén las aguas, los barros y el mismo arte.

Toni Puig. Barcelona

Catálogo de exposición “11571″, 2004. Fundación Federico J. Klemm, Buenos Aires.